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Cortes de La caricia perdida de Luciano Lutereau

Cortes de La caricia perdida de Luciano Lutereau

Como por un azar me encontré con otro texto dentro del libro, que funcionaba como por fuera, una suerte de exergo, o como un reverso, o aún, como un relieve. Con decisión de costurero, me dispuse a arrebatar al libro todos sus comos, como si en ese corte encontrara el temblor de ese cuerpo a partir de sus metáforas. En efecto, en la mayoría de estos pasajes, aunque no en todos, si se lee el libro tijereteado, no perderá su orientación.

Cristóbal Thayer
Adrogué, 25 de junio de 2020

 

“Quizás la historia universal es la historia
de la diversa entonación de algunas metáforas”

 

como una teoría estética del sujeto
como al Otro lado de mi lectura
como un monólogo interior con el que busco dormir por las noches
como en los objetos que poblaron mi infancia
como un objeto para golpear
como un mapa de signos
como una patria en una bandera
como talismanes
como si del Otro no pudiera conservar más que una huella anterior, el emblema de una fractura
como un reguero de agua que cae en un arroyo
como una evasión
como la que sospecho cuando me encuentro frente a los espejos o en los reflejos de los vidrios
como una sombra sobre el reflejo nocturno de una pared
como la ilusión de que soy una conciencia me empujaba a creer
como parte de una tensión relativa
como aquél que soy para el Otro en una orientación que escapa de mí
como una forma feroz del acecho
como una mantis erguida
como si aprehender un objeto fuera algo muy distinto a recibir la captura de la visión
como una estela pulsátil
como sostén de este adormecimiento periódico que llamo “vida diaria”
como por un embudo
como una garantía inequívoca de la presencia del Otro
como yo a su merced
como un vehículo de intenciones y pensamientos
como un punto de partida ineluctable
como el abrazo de una envoltura
como muchas veces he leído
como una especie de lugar
como al lanzar este bollo de papel hacia el cesto en el otro lado de la habitación
como el hombre de mi recuerdo
como las sombras reflejadas en la pared de una caverna
como una raíz sensible de este mundo
como una distinción posterior
como frente a un paisaje extraño
como si el color y mi comportamiento estuvieran hechos de idéntica vibración
como un refugio para la concentración
como el de la flor que predice el advenimiento del día latente
como podría hacerlo el recuerdo de un día de verano en que me encontré mirando su reflejo espejado en el mar
como si poseyera una idea prescriptiva de lo que debe ser una órbita celeste
como acontecimientos corporales, antes que como vehículos de un sentido que descifro intelectualmente
como si estuviera ante una estufa o una hornalla encendida
como si las cosas fuesen un ramillete de tallos heterogéneos
como los múltiples arroyos que nacen de una tierra interior
como una furia bramante que tiembla
como cuando en el horizonte veo un montículo lejano y lo confundo, primero, con una piedra, luego con un arbusto, y, en última instancia, habiéndome acercado lo suficiente, con un ser humano
como punto único de referencia
como un objeto más del mundo
como al rascar una picazón
como un guante de goma o una cinta de un solo borde
como una forma pregnante por la que siento una especial inclinación
como una forma de la sensibilidad,
como una envoltura de piel
como la de los sueños
como las imágenes me proponen extravíos en el acceso a lo más propio del mundo, su inacabamiento
como una ceguera dolorosa
como el elefante que acerca el mundo a partir de esa extremidad que es su trompa
como la vivencia de mi propia muerte
como un instrumento me revela el mundo como un espacio práctico en el que este útil remite significativamente a aquel otro
como también puedo arrojar un objeto, y hacer puntería con los pies
como las patas de una araña
como una pinza, o una especie de pata animal
como si fuera el primero de todos los escondites
como en el caso del sueño, los ojos cerrados dejan aparecer una nueva versión del único mundo que habito
como ausente
como el perro que en su olor reconoce el territorio que, alguna vez, hubo de pisar
como una ardilla al cascar una nuez
como garras
como una forma de expulsión, de apresamiento y destitución, como la que he visto en la abeja que regurgita la miel, pero también en mí mismo al elaborar las distintas versiones de un relato
como si fuesen otras tantas determinaciones sensibles junto al color, tamaño y brillo
como si produjeran alguna reacción desencajada, los deja aparecer ante los ojos
como cuando al llevar una encomienda le pido al envío que porte alguna insignia atractiva
como si estuviera despejando con un plumero las tinieblas de polvo de una habitación
como si los espacios interiores sólo existieran para el mundo de la mano
como cada vez que miro mis manos y encuentro los surcos de una vida
como un modo de comprobar su presencia,
como si los ojos no fueran suficientes para acceder al Otro
como una suerte de gestación del Otro en mí
como un modo de exposición respecto del Otro
como los pájaros o los aviones
como si cada gesto fuera una coloración exterior de mi estado anímico
como si se tratase de un idioma extranjero,
como si no supiera aún qué quiere decir en aquello que me dice con su rostro
como el mundo
como una boca voraz
como una suerte de tejido quebrado
como ocurre en ese juego de “comer con las manos” en el tablero de damas
como el que obtengo en el pensamiento
como cuando se me dijo “no apoyes los codos en la mesa”, “no te metas los dedos en la nariz frente al Otro”
como si esa caricia se desgastase inútilmente, como cuando raspo un fósforo contra una piedra
como un acto sin vestimenta, desenmascarado y solícito, arrojado sobre una extensión sensible
como besar a una mujer que lleva puesto un casco
como de un latido íntimo
como en la corriente de un arroyo
como aquellos peces de un río que, cuando bajó la creciente, iniciaron una nueva forma de vida, una inédita pulsación, engarzados en el limo hasta el regreso de las aguas y de la corriente vital que los apartó de ese instante perpetuo
como el de las caricias decantadas en arrugas, en una vida ajena
como una memoria física
como una marca del tacto
como a través de una memoria ordinaria
como si la oscuridad sólo sirviera a un tránsito de fantasmas
como la de un náufrago
como el silbido lejano del tren en la noche
como metáfora del acto de beber determinados brebajes en algunas culturas
como un hábito que aprendí de niño
como el soporte intrínseco del mundo de la cultura
como la profusión de sentido se confunde con el sin-sentido
como para plegarlo a mi antojo
como una bocanada hambrienta
como flotar en una laguna
como a una celebración ignota
como al cavar un pozo en la arena húmeda cada una de las paladas es devuelta al fondo indiferenciado del que fuera extraída, agrandando el agujero, sin llegar jamás a una mayor profundidad
como una ruina
como un fragmento de materia inerte
como un abismo insensible
como un visitante
como un huésped extraño
como un carretel, desovillando una cola de eventos que se alejan en el pasado como barcos en el horizonte
como si la única vía de recuperación se resolviera a partir del despojo, o bien sólo pudiera conservar lo que no he intentado entorpecer con alguna detención artificial
como un instante quebrado de duración
como me encuentro en la dilación de aquello que se demora
como una desventura privilegiada para dar forma al sentimiento amoroso
como espera provisional
como guía del tiempo
como víctima
como a la mujer con la bolsa de mandados y al niño con guardapolvos
como algo que ha devenido
como el artesano se aferra a un método de trabajo
como si la imaginación fuera una capacidad que poseo estrictamente porque tengo este cuerpo
como si estuvieran en el tiempo
no como una ausencia, o bien bajo el modo de un abismo delante de mí, sino como una apertura inapelable
como una presencia imposible
como una promesa
como soporte de la palabra que enuncio
como palabra
como resignación
como en la caricia encontrara la cesión de este cuerpo a partir de su carne

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