En el cruce estructural de la «imagen acción», la «imagen mutación» y la «imagen ronda», se despliega el asunto de este libro. Según la «imagen acción» o de «conflicto central», propia del cine comercial pero también del cine militante, agit-prop, imagen que dictaría las maneras dominantes de comunicación, financiación, producción y consumo del entertainment, el mundo, “se trate de un paisaje sereno o de una hoja muerta”, sería un “campo de batalla”, un “conjunto de colisiones”. Del esquema binario de esta imagen, Ruiz escribe: “alguien se encuentra en una situación intolerable, decide cambiarla. Muchos se le oponen. Él lucha. Y gane o pierda pasa por un momento de clímax o crisis que se resuelve, y hay un desenlace”. Todos los elementos en la imagen «conflicto central» deberán subordinarse a ese conflicto y serán admitidos solo si añaden consistencia y vitalidad a su unidad diegética. De la «imagen mutación», hay varios pasajes en este libro que la describen con suficiencia. “I´m rooted, but in flow”, escribe Virginia Woolf. Cual si dijera: «enraizada, pero en mutación». Sedentaria, aunque continuamente otra, no veo cómo podría hacer algo. Para conseguirlo habré de mantenerme la misma al comienzo, al medio y al final. Si de contrario adolezco de identidad, la acción se disolverá como esas nubes de Wislawa Szymborska “que no repiten al repetirse / que ríen de los testigos / porque no hay prisa que pudiera describirlas”. La mutación es la pausa de la acción. En El profesor Taranne (Ruiz, 1987) cada vez que éste dice «soy el profesor Taranne», cambia el actor o la actriz que lo encarna, salta a otro u otra, que en cuanto reiteran consecutivamente «soy Taranne», resbalan nuevamente y resbalan otra vez, y así el desvío continuo que no llega a estabilizarse hace de Taranne una pura aproximación que no llega, el acto de una metamorfosis continua sin eslabones donde resulta imposible establecer puntos de origen, estadía y destino, el viaje por antonomasia en el que todo viaja, se vuelve otro, otro el viajero, otro el camino, otro el viaje mismo. En La vocación suspendida (Ruiz, 1978) la «imagen acción» plegada a la «imagen mutación» configura la «imagen ronda». Más que resultar ésta del encuentro sintético entre «imagen acción» e «imagen mutación», la «imagen ronda» constituye la inmanencia en medio de cuya plegadura las otras dos estrenan e inclinan su territorialidad y sus intensidades. Resplandece la ronda en La vocación suspendida. Allí, las órdenes, las sectas, las doctrinas, los curas, las monjas, las santas, las superioras, el papa, los obispos, trasladándose el día entero de aquí para allá y de allá para aquí en el cumplimiento de tareas finalizadas intentando conseguir hegemonía, no hacen más que oxigenar una guerra civil en tres modulaciones distintas a la vez que simultáneas: a) la guerra civil instituida, representada en un rico y animado almácigo de facciones articuladas en una “alucinación consensual”; b) la guerra civil como calamidad que deviene unilateralmente una ciénaga en la que nada germina; c) la guerra civil como «imagen ronda», ni representación, ni ciénaga, más bien una imagen “inmóvil borboteante”, “llama nunca quieta” “volviéndose otra cosa”. “Lo que postulamos —escribe Ruiz— es que la coherencia de las imágenes que se acumulan en la pantalla no van hacia ni provienen de una historia resumible en palabras. Surge más bien de un modelo abierto como una imagen-madre de la que proceden todas las imágenes que vemos, pero que tiene también la propiedad de dejarse modificar por las imágenes que la muestran y la ocultan en una interacción entre la imagen inmóvil y la tempestuosa ebullición de imágenes en mosaico que la envuelven”.