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Jean-Pierre FIliu, El agua

En las primeras horas del 30 de diciembre de 2024, se abaten sobre la Franja de Gaza poderosas tormentas que castigan especialmente la “zona humanitaria”. Su impacto atemoriza, sobre todo porque los diez días previos habían sido bastante soleados. Antes de esta guerra, el enclave palestino celebraba la lluvia, la lluvia que colmaba de vida los campos y vergeles hoy desaparecidos. Había incluso plegarias específicas para solicitar el agua del cielo o expresar gratitud por su llegada. Todo eso, como el resto, ha desaparecido. La lluvia es solo un enemigo más que hay que neutralizar en la lucha cotidiana por sobrevivir. Una vez más, hay que aguantar, aguantar para no morir, literalmente. Un anciano se esfuerza en darse ánimo afirmando a sus vecinos: “la lluvia nos ilumina”.

Cuando comienza el día, cada uno se preocupa por la situación del otro después de esa noche sin sueño. Entre las carretas, en la fila de espera de la harina, en la rotonda que se anima, preguntan quiénes pudieron proteger a sus niños de esa nueva desgracia, a quiénes se les desarmó la tienda sobre la cabeza, a quiénes se les empaparon las pocas pertenencias. Los que relativamente se salvaron dan gracias a Dios por su buena suerte. Los que debieron soportar durante horas la marea de barro y conjurar el hundimiento de su techo de plástico comentan sobriamente que la noche ha sido “difícil”. Pero los que han paleado y paleado el barro ante la subida del agua, con la esperanza de evitarles lo peor a sus hijos ateridos, esos se callan, ojerosos y con la respiración entrecortada.

Los pozos naturales diseminados en la costa arenosa amenazan con desbordar a la primera tormenta. La población impotente a veces se ve acorralada entre las mareas altas y los torrentes del cielo, mientras los charcos degeneran en mares cada vez más agresivos. Después de un bienvenido respiro el día 30 de diciembre, la inclemencia del clima se agrava durante la noche. Los más expuestos son quienes instalaron su tienda en la orilla del mar. Eligieron la playa porque allí se disputa menos el espacio, y luego carcomieron la ruta costera con puestos improvisados. Al día siguiente, las borrascas golpean de lleno, inundan y destruyen cientos de tiendas. A media mañana, una ráfaga de ametralladoras, proveniente de la muy cercana marina israelí, interrumpe las conversaciones por un momento. Pero pronto la ahoga el estrépito de un trueno, luego los golpes del granizo. 

Se descargan trombas de agua durante horas y torrentes de barro inundan los espacios entre las tiendas. Para soportar tal calamidad, los refugiados trabajan hombro con hombro y cavan a las apuradas modestas trincheras en torno a sus albergues. Se intercambian las pocas palas que tienen, se embarran y ponen mano a la obra evocando días mejores. La tierra así levantada sirve para apisonar diques improvisados y llenar bolsas de yute, vacías de harina desde hace tiempo, con el fin de robustecer el perímetro del campamento. Hay que reforzar todos los frentes, reparar las lonas de las tiendas de campaña, tapar múltiples goteras y reparar los postes sobre los que se sostienen los frágiles albergues.

Los hombres callan su fatiga y su pena, pero una venerable abuela, temblando y envuelta en una chalina gastada, toma al cielo de testigo de que “nunca había sentido tanto frío, nunca tanta hambre”. Una mujer, mojada de pies a cabeza, llora sobre colchones empapados y jura que está dispuesta a no comer nunca más: “No queremos más comida, solamente queremos estar secos. Queremos un lugar seco donde sentarnos, queremos solamente un poco de calor, calor”. Una madre desconsolada, desplazándose con dificultad en el suelo de agua de su tienda, se lamenta de que su familia “huyó del fuego solo para terminar ahogada”. La ropa lavada se balancea en las sogas bajo la lluvia, se la deja ahí chorreando, porque acá o allá, todo está empapado. Unos niños ponen mano a la obra. Con rostros serios, uno quita el barro raspando con una escobilla, otro reduce un charco tras otro con un balde, un tercero empuja una carretilla llena de tierra.

Mientras el agua del cielo devasta a ciegas, inevitablemente hay que salir a buscar agua potable para el consumo cotidiano. La gente se apretuja en torno a los puntos de distribución con bidones de plástico transparente, amarillo o azul, de 5, 10 y 25 litros. A veces están marcados con un número, o incluso con un apellido, para depositarlos en la fila que crece mucho antes de la apertura. Conviene llegar temprano, cuando la presión de agua es mayor. Algunos llevan palanganas sin tapa, bidones de chapa y recipientes de todo tipo, arriesgándose a volcar parte del preciado líquido bajo el sarcasmo de la asistencia. El límite tácito es de cincuenta litros por familia numerosa, una carga que un par de adultos soporta jadeando. Una niña tira de un carrito y detrás de este, un grupo de chicos arrastra, cada uno, un bidón de la mitad de su tamaño.

Tal desolación haría olvidar que Gaza ha sido durante milenios un oasis célebre por la riqueza de la vegetación y la suavidad del clima. El Wadi Gaza, ese “valle de Gaza” que desemboca en el Mediterráneo, al sur de la ciudad epónima, tenía un ritmo mucho más animado que el del famoso Jordán. Allí resplandecía la zona húmeda más vasta de la Palestina histórica, admirada por sus vergeles y palmares. La prosperidad de Gaza se basaba ampliamente en las exportaciones de cereales y cítricos. Los cereales dominaron el final del período otomano, antes de que los cítricos se impusieran durante el mandato británico y la administración egipcia.

La ocupación de 1967 hizo que los recursos hídráulicos de Gaza pasaran a estar bajo el control de Israel, primero con la instalación de Mekorot, la compañía nacional de aguas del Estado hebreo, luego con el desvío del agua hacia las colonias israelíes. Por más que estas reciban unos pocos miles de colonos más bien radicalizados, acaparan un cuarto de las tierras del enclave palestino y una provisión desproporcionada de agua. La política de tierra arrasada que marca la retirada unilateral de 2005 prohíbe a la población de Gaza utilizar las infraestructuras establecidas en beneficio de los colonos. El ejército israelí se afana en mantener todo el territorio bajo una estrecha dependencia, una presión que aumenta aún más en 2007, cuando Hamás toma el poder y se instaura un bloqueo riguroso.

Ese control israelí, desde entonces a distancia, agrava el círculo vicioso en el que la presión demográfica acentúa la sobreexplotación de la napa freática, cada vez más infiltrada por el agua de mar, a su vez más y más contaminada por el derrame de aguas residuales en el Mediterráneo. En 2021, solo el 7 % del consumo de agua potable en la Franja de Gaza es provisto por tres centrales de desalinización, las que también se ocupan de la cloración del agua de mar, mientras que el 13 % está a cargo de tres tuberías de Mekorot. Para aprovechar la calidad del agua israelí, hay que estar conectado a esa red, pagar un monto adicional y poder constituirse reservas, porque el agua circula de manera intermitente.

El 80 % restante se extrae de unos trescientos pozos, públicos y privados, excavados en la napa freática. Esa agua no es apta para consumo si no pasa por los procesos de desalinización y purificación. Antes del conflicto actual, la distribución cotidiana de agua en la Franja de Gaza era de unos 80 litros por persona, tres veces menos que en Israel. En estos últimos días de 2024, disminuyó a 9 litros diarios por persona, de los que solo 2 son potables, un promedio que indica serias disparidades en el acceso a un recurso que se ha vuelto tan escaso.

Tal degradación es consecuencia de una política asumida por Netanyahu y su gobierno. El asedio impuesto como represalia a los ataques de Hamás el 7 de octubre de 2023 paraliza Gaza con la interrupción total de suministros de electricidad, combustible y agua. Las entregas de combustible se retoman un mes más tarde, pero a un nivel que, según la ONU, solo cubre un cuarto de las “operaciones humanitarias más elementales”. Esas restricciones tan drásticas dificultan el funcionamiento de las centrales desalinizadoras y de los pozos, que ahora dependen en gran medida de los generadores de respaldo. Además, el recurso de los paneles solares es más que marginal y limitado a pequeñas unidades, debido a la destrucción de importantes instalaciones fotovoltaicas por parte del ejército israelí.

Mekorot vuelve a suministrar agua en noviembre de 2023, unos días después del haber comenzado la reocupación terrestre de la Franja de Gaza. Pero solo está operativa la tubería del centro del enclave, porque la del norte fue perforada por un bombardeo israelí y la del sur también sufrió el impacto de las hostilidades. Asimismo, la tubería de reemplazo establecida desde Egipto por Emiratos Árabes Unidos en febrero de 1924 queda fuera de servicio tres meses después por la ofensiva israelí sobre Rafah. Mekorot reactiva progresivamente las tres tuberías, pero sin superar los tres cuartos del flujo anterior. De todas maneras, los desplazamientos masivos y repetidos impiden a la mayoría reconectarse a la red israelí. En las conversaciones en Gaza, hoy se evoca con nostalgia el sabor incomparable del agua de Mekorot, “dulce como la miel”.

Las tres centrales de desalinización funcionan solo al 10 % de su capacidad en enero de 2024, y al 15 % tres meses más tarde, por la escasez de combustible. Las mismas restricciones dejan fuera de servicio como mínimo la mitad de los pozos del enclave. En cuanto a los pozos aún operativos, quienes los tienen, encuentran enormes dificultades para continuar con las actividades de desalinización y purificación. Termina imponiéndose la alternativa entre el agua extraída de napas cercanas a la superficie, no apta para el consumo, y otra proveniente de napas más profundas, pero salada por las infiltraciones marinas. Empresarios desprejuiciados prefieren la primera opción con entregas a demanda. Por otra parte, las fosas sépticas, excavadas de manera improvisada en los campamentos, desbordan con la primera tormenta y pueden contaminar los pozos más cercanos. En mi humilde nivel y por primera vez en mi vida, me doy el lujo de no lavarme los dientes si no es con agua potable.

La situación caótica impide los controles sistemáticos de calidad del agua que las organizaciones internacionales están obligadas a hacer en los puntos de distribución, en horas fijas y en los repartos itinerantes con cisternas. Pero las rutas de la “zona humanitaria”, ya invadidas por las tiendas de campaña de desplazados y puestos de venta improvisados, son el escenario de una danza de vehículos de lo más diversos que transportan como mínimo una cisterna, por lo general negra, de un metro cúbico de agua. De esa manera, pick-ups, carretas y tractores recorren el enclave, y suelen complicar la circulación cuando se detienen para proveer a un edificio o a una comunidad. Por eso, mejor armarse de paciencia cuando desenrollan sus mangueras y aprovisionan, uno por uno, a los clientes ya preparados con los bidones a sus pies.

Desde fines de enero de 2024, la ONU estima que se destruyó o dañó el 87 % de la infraestructura de agua y saneamiento en la aglomeración de Gaza, 82 % en el norte de Gaza, 54 % en Deir al-Balah y 46 % en Jan Yunis. Como las coordenadas GPS de esas infraestructuras habían sido transmitidas al ejército israelí, existen sospechas de ataques deliberados. En cambio, la voluntad de perjudicar es innegable en el caso de la demolición, con topadoras militares, de los paneles solares que alimentan cuatro de las diez centrales de tratamiento de aguas residuales. Parece repetirse un esquema en el que las autoridades israelíes, mientras toleran gestos muy limitados en materia de aprovisionamiento de agua, demuelen las infraestructuras de agua y saneamiento y no dudan en matar a los agentes que allí trabajan.

El impacto de tales ataques se agrava con los bloqueos en la entrada de Gaza de productos y equipamiento esenciales para el tratamiento de aguas. Hay que esperar seis meses en medio del conflicto para que el sindicato intercomunal de aguas reciba sus primeros cargamentos de cloro. La provisión sigue siendo errática en la ciudad de Gaza y en el norte del enclave, y se estabiliza recién en septiembre de 2024. Es que el ejército israelí tiene una concepción muy rígida del “doble uso” civil y militar, que no se corresponde con los criterios acordados internacionalmente. La presencia de un solo producto “sospechoso” implica la exclusión del camión en cuestión y la espera adicional de unos veinte días. A veces apuntan a instrumentos de desalinización, cisternas flexibles, dispositivos de control de calidad química y microbiológica, piezas de repuesto e incluso baños portátiles.

La contaminación del agua, de por sí ya enrarecida, y los obstáculos que ponen para su tratamiento ocasionan una propagación funesta de enfermedades infecciosas. UNICEF registra, desde enero de 2024, 71.000 casos por semana de diarrea en niños menores de 5 años. Es decir, un niño de cada cuatro, contra 2.000 casos antes del inicio del conflicto. La deshidratación provoca un alza espectacular de infecciones urinarias y trastornos renales en el conjunto de la población. Las mujeres, constreñidas por la promiscuidad de las tiendas, son particularmente vulnerables. En octubre de 2024, en un año de hostilidades, se contabilizan 669.000 casos de diarrea aguda, es decir, en uno de cada tres habitantes. A eso se agregan 132.000 casos de ictericia aguda, un indicador muy preocupante de prevalencia de la hepatitis A. Las enfermedades de la piel, la sarna en primer lugar, se expanden peligrosamente, exacerbadas por la elevada salinidad del agua.

Las condiciones calamitosas de higiene se agravan por la escasez de detergente y jabón, del que, a fines del verano de 2024, una barra no se consigue por menos de diez euros en los puestos de venta de Gaza. El presupuesto de las familias palestinas, ya disminuido por los sucesivos desplazamientos, se reduce aún más por el costo prohibitivo de los productos de higiene diaria y al del agua potable que deben comprar a los proveedores privados. Además, la utilización de soda cáustica en reemplazo de detergente doméstico es causa de numerosos accidentes en las tiendas, en los que las víctimas, generalmente, son niños. De un cuadro estadístico a otro, la lista de calamidades que azotan a la población de Gaza produce vértigo.

La poliomielitis había desaparecido de la Franja de Gaza desde hacía un cuarto de siglo y se suponía que estaba erradicada definitivamente. Pero el 17 de agosto de 2024 se confirma un primer caso de poliomielitis en Deir al-Balah, en un niño de diez meses. Hace ya varias semanas que el ejército israelí, preocupado por las señales del virus descubiertas en muestras de residuos de Gaza, ha decidido vacunar contra esa enfermedad a todos los soldados operativos. La acumulación de 340.000 toneladas de desechos sólidos en el enclave, unas mil por kilómetro cuadrado, y en densidad aún mayor en la pretendida “zona verde”, facilita la propagación del virus. El riesgo de contagio y la empatía internacional obligan a Israel a aceptar “pausas humanitarias” para llevar adelante una campaña general de vacunación. 

Sin embargo, Netanyahu solo accede a cambio de hechos consumados. El 30 de agosto de 2024, después de un acalorado debate, consigue que el gobierno le respalde la permanencia de las tropas israelíes en el “corredor Filadelfia”, ocupado desde hace unos cuatro meses a lo largo de la frontera egipcia. El ministro de Defensa, el ex general Gallant, se opone en vano a tal permanencia pues considera que las operaciones de “limpieza” de la zona han alcanzado sus objetivos militares. Estados Unidos, que también en vano había advertido contra los riesgos humanitarios de una ofensiva en Rafah, se limita a tomar nota del nuevo golpe de fuerza del primer ministro israelí. Este aprovecha para elogiar la generosidad “humanitaria” de la campaña de vacunación en la Franja de Gaza.

Tal campaña comienza el 31 de agosto de 2024 con la administración oral de dos gotas de la vacuna, una operación que debe repetirse luego de tres o cuatro semanas más tarde. El ejército israelí autorizó la entrada a la Franja de Gaza de camiones refrigerados de la ONU con una carga de dosis doble para todos los niños de menos de 10 años. También decretó “pausas humanitarias”, entre las 8 y las 15 horas durante tres, incluso cuatro días, en los sectores abiertos sucesivamente a la vacunación, en el centro, luego el sur y más tarde el norte del territorio. La campaña, llevada a cabo mediante la movilización de unos mil agentes de salud palestinos, parece vacilar el 9 de septiembre, cuando topadoras israelíes atacan un convoy de la ONU, evidentemente “coordinado”. A pesar de todo, las operaciones llegan a término con la vacunación de al menos el 90 % de la población concernida.

La ofensiva del 6 de octubre de 2024 del ejército israelí contra el norte de la Franja de Gaza ensombrece el lanzamiento, ocho días más tarde, de la segunda fase de la campaña de vacunación. Las operaciones se desarrollan de manera más bien satisfactoria en el centro, luego en el sur del territorio, donde 450.000 niños reciben la segunda dosis de la vacuna, a la que se agrega aporte de vitamina A. Pero la ONU decide posponer la campaña en el norte del enclave a causa de “bombardeos intensivos, órdenes de desplazamiento masivo y ausencia de pausas humanitarias garantizadas”. El propósito es completar la campaña, como en la primera fase, tanto en la aglomeración de Gaza como al norte de esta, en Jabalia, Beit Lahia y Beit Hanun.

Aunque la diplomacia estadounidense interviene en ese sentido, el ejército israelí niega la entrada de los equipos de vacunación a una zona de la que está expulsando a la población. Naciones Unidas termina cediendo para no perder los beneficios de la primera fase de la campaña, mientras se acerca la fecha límite para administrar la segunda dosis de la vacuna. Acepta excluir a cerca de 15.000 niños de esta segunda fase, incluso continuarla a pesar del ataque a uno de los centros de vacunación de Gaza que hiere a seis personas, de las cuales cuatro son niños. Sin duda a causa del carácter incompleto de esa campaña de vacunación, en diciembre se detectan nuevas cepas del virus de la poliomielitis, lo que obliga a programar otra campaña en 2025. Por otra parte, la vacunación de los niños de Gaza, que era prácticamente universal, contra la difteria, el tétanos, el sarampión y la tos convulsa, solo llega a aplicarse al 90 % de esa población, con los riesgos epidémicos que eso implica.

En el conjunto del enclave palestino, el 20 % de las muestras de agua recogidas en diciembre de 2024 por las agencias especializadas revelan la presencia de materia fecal. El 73 % del agua considerada potable y el 97 % del agua para uso doméstico no cumplen con los estándares internacionales de pureza por la falta de cloración sistemática. En cuanto a la extracción local de agua, no alcanza a la cuarta parte de la producción de antes de octubre de 2023. Además, esa cantidad residual se dilapida en un 70 % por las pérdidas en las canalizaciones y el número limitado de camiones cisterna, que las norias de camionetas con su cisterna de un metro cúbico no pueden compensar. Como siempre en Gaza, la escasez de estadísticas, por abrumadoras que sean, no alcanza a transmitir la amplitud del desastre.

En esta instancia, podría evocar a esa niña que succiona golosamente la punta de un tubo que sobresale de una central de desalinización; describir la fatiga y el abatimiento en las filas de espera en los puntos de distribución de agua; o a las madres que, sentadas en la arena, a la entrada de sus tiendas de campaña, remueven el fondo de una cacerola para preparar la comida familiar. Pero, una vez que he asimilado el impacto de la Navidad, prefiero volver al centro devastado de Jan Yunis. Allí, en medio de los cúmulos de escombros que fueron casas, comercios, escuelas, veo un árbol polvoriento y curvado, arrinconado bajo un balcón que cuelga en el vacío, y luego otro árbol más seguro de su fuerza. Y percibo un frágil hilo de vida, peatones que se cruzan y se saludan, puestos de venta más numerosos y niños menos aturdidos que en otras partes. Pregunto y me muestran, allá arriba, muy arriba sobre una enorme pila de escombros, el atalaya absurdo de un tanque de agua. Sí, un tanque de agua preservado de los bombardeos y las topadoras, vaya a saber por qué casualidad. Un tanque de agua de calidad dudosa, pero que mantiene de pie a esta comunidad abandonada. Sí, es verdad, en el floreciente oasis que fue Gaza durante milenios, un oasis soñado por los viajantes de las caravanas y celebrado por los cronistas, un oasis que luego fue suprimido del mundo para no ser más que una “franja” de tierra, sí, en esta Franja de Gaza asediada, hoy logra resistir un oasis de desesperación entre las ruinas.


Traducción: Estela Consigli

22/06/2026