Adelanto
Un historiador en GazaJean-Pierre Filiu, Un aniversario
El sol que inaugura el año 2025 permite reparar laboriosamente los daños de la víspera. Los desplazados se activan en las tiendas de campaña, agradeciendo haber superado una adversidad más. Aprovechan para apuntalar las estacas, aplanar los accesos, profundizar los surcos. Ponen a secar todo lo que puede secarse, trapos, mantas, colchones e incluso las alfombras de espuma de goma. Así, los asentamientos ofrecen un mosaico de colores con el fondo blanco grisáceo de los albergues improvisados. Pero se trata de la única luz de esperanza en ese 1° de enero. En efecto, ese día pasa a 7 el número de recién nacidos que han muerto de frío. En cuanto a los bombardeos israelíes, matan a 28 personas en cuatro ataques diferentes: 15 en Jabalia, en el norte; 7 al este de la ciudad de Gaza; 2 en el centro del enclave y 4 en Jan Yunis.
El 2 de enero es día feriado en la Franja de Gaza. Se conmemoran los sesenta años desde que Fatah, el “Movimiento para la liberación de Palestina”, lanzó en 1965 su primera operación en el norte del territorio israelí. El atentado solo causó daños materiales, pero el comando pudo volver sano y salvo a Siria, y el impacto de tal infiltración fue considerable porque los fedayines, tal era el nombre de los combatientes palestinos, habían tomado las armas para afirmarse tanto ante Israel como ante los regímenes árabes. Yasser Arafat, que había fundado Fatah desde el exilio con un puñado de militantes originarios de Gaza y de otras localidades, podía proclamar el comienzo de la “revolución palestina”. Cuatro años más tarde, Fatah y los fedayines tomaban el control de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), transformando finalmente esa institución, hasta entonces sometida a Egipto, en un movimiento representativo.
La OLP pretende en ese entonces reemplazar el Estado de Israel por una “Palestina libre y democrática”, con igualdad de derechos entre ciudadanos de diferentes confesiones. Recién en 1974, Arafat logra que la central palestina adopte la perspectiva de una “Autoridad Palestina” y sobre solo una parte del territorio palestino “liberado”. Es la primera vez que el nacionalismo palestino se emancipa del calamitoso “todo o nada”, en tanto que el movimiento sionista pudo, a lo largo de décadas, encadenar avances progresivos hasta proclamar el Estado de Israel en 1948, y luego, en 1967, ocupar Jerusalén Oriental, Cisjordania y la Franja de Gaza. Una minoría de fedayines, dirigidos por el Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP), acusa a Arafat de haber “capitulado” ante el “enemigo sionista” y constituye un “Frente de rechazo” en disidencia con la OLP.
Los Hermanos Musulmanes del jeque Ahmed Yasin proclaman en Gaza que los palestinos han perdido su patria no por debilidad militar, sino por falta de fe. Ese es el motivo por el cual priorizan absolutamente la reislamización de la sociedad palestina antes que el activismo nacionalista. A partir de entonces, las autoridades israelíes apoyan a los islamistas para debilitar a la OLP, echando así más leña al fuego de los conflictos internos palestinos. La presión sigue aumentando en la Franja de Gaza hasta que estalla la primera intifada, en 1987. Los jóvenes militantes de esa “guerra de las piedras” se niegan a recurrir a las armas y, en 1988, exigen a Arafat y a la OLP que se hagan cargo de la “solución de los dos Estados”, es decir, de la coexistencia pacífica con Israel de un futuro Estado Palestino. De nuevo, una minoría dirigida por el FPLP se niega a abandonar la lucha armada, pero a diferencia de 1974, permanece en la OLP y se compromete a respetar las decisiones colectivas.
Los Hermanos Musulmanes, confrontados a ese desafío pacifista, vacilan entre un extremo y el otro, rechazan colaborar con el ocupante y se transforman en el “Movimiento de Resistencia Islámica”, que es designado con su acrónimo árabe Hamás. Solo la autoridad indiscutida del jeque Yasin logra imponer tal cambio a los islamistas, preocupados por la posibilidad de perder las redes de influencia que la benevolencia israelí les había permitido consolidar. Hamás asume la tarea, que la OLP acaba de abandonar, de exigir la liberación de “toda” Palestina, y en 1991 se dota de una rama armada en Gaza, las Brigadas al-Qassam, cuyo nombre evoca al jeque Ezzedin al-Qassam, guerrillero sirio asesinado en 1935 por el ejército británico en el norte de Palestina. En la pulseada simbólica con la OLP, Hamás exhibe desde ese momento referencias de tipo islamistas más que nacionalistas, anteriores a la fundación del Estado judío, cuya destrucción reivindica.
El cisma entre palestinos se agrava en 1993, cuando Arafat y Rabin firman los “Acuerdos de Oslo” por los que los representantes de ambos pueblos reconocen la legitimidad del nacionalismo del otro. Pero la OLP debe conformarse con una “Autoridad Palestina” (AP) delegada por el ocupante en los territorios que este acepta evacuar, comenzando por las tres cuartas partes de la Franja de Gaza. Arafat efectúa así un retorno triunfal en 1994, sin advertir que, en ese enclave atravesado por la colonización, no posee ninguno de los atributos de la soberanía. Hamás, fundado en Gaza por islamistas que nunca han salido de ese territorio, opone su arraigo local a los exfedayines que vuelven del exilio. Además, apuesta a un fracaso del proceso de paz mediante atentados suicidas. Arafat permanece cada vez menos tiempo en Gaza y prefiere Ramallah, en Cisjordania, donde termina estableciendo la presidencia de la AP.
La jugada de Hamás resulta exitosa con el estallido de la segunda intifada en 2000, que se caracteriza por el recurso generalizado a los atentados suicidas. Aunque Arafat condena esa escalada de violencia, queda bajo arresto desde 2002 en su palacio presidencial de Ramallah. Recién en 2004 sale por una evacuación médica hacia Francia, donde fallece poco después. Como Yasin fue asesinado unos meses antes en un ataque israelí, Fatah y Hamás han perdido a sus líderes históricos. La sucesión en el seno de ambos movimientos se convalida con dos votos contradictorios: Mahmoud Abbas, jefe de Fatah y de la OLP, es elegido presidente de la AP con dos tercios de los votos en enero de 2005, pero Isamil Haniya, cabeza de Hamás, obtiene una amplia mayoría de bancas legislativas un año más tarde.
El electorado palestino privilegió la continuidad entre Arafat y Abbas en las elecciones presidenciales, pero expresó su rechazo a la negligencia y a la corrupción de la AP en el escrutinio parlamentario. Se trata claramente de un voto por falta de opciones más que por convicción. Abbas juega desde Ramallah a la política de lo peor, con el objetivo expreso de debilitar a Hamás en Gaza. Rechaza los llamados de Haniya a la unión nacional, obligado a constituir un gobierno islamista que a su vez ha sido boicoteado por los proveedores de financiamiento occidentales. En la Franja de Gaza, Mohammed Dahlan, un veterano de Fatah nativo de Jan Yunis, dirige la poderosa policía de la AP y multiplica los incidentes con los milicianos islamistas. Una guerra civil latente pronto comienza a ensangrentar el enclave, con la misma cantidad de palestinos asesinados por sus compatriotas que por Israel.
En julio de 2007, las Brigadas al-Qassam aprovechan un viaje de Dahlan a Egipto para apoderarse de la Franja de Gaza. Los enfrentamientos por arreglos de cuentas se caracterizan por la generalización de disparos a las rótulas, con el fin de mutilar de por vida al enemigo estigmatizado. Los caciques de Fatah huyen hacia Israel con sus familias. Así se consuma la ruptura entre la AP en Ramallah y el gobierno islamista en Gaza. Dieciséis años de bloqueo israelí solo ayudan a profundizar esa grieta. Ya no son solo las autoridades rivales las que se enfrentan, sino también los pueblos de Cisjordania y Gaza, que se apartan y se ignoran mutuamente, obligados por la ocupación a llevar existencias paralelas. Los días feriados compartidos, como el 2 de enero por la celebración de Fatah, permanecen como los pocos vestigios de lo que fue una unidad nacional.
Hasta hoy, Hamás afirma ser la única “Autoridad palestina” legítima gracias a su victoria en las elecciones legislativas de 2006, por más que el mandato de ese parlamento haya caducado hace tiempo. En cuanto a Abbas, aunque su mandato sea igual de obsoleto, se aferra al sillón presidencial y no duda en disolver la Asamblea palestina en 2019. A lo largo de los años, Egipto patrocina varios ciclos de negociaciones intrapalestinas que invariablemente se estancan ante, por una parte, la negativa de Hamás a disolver las Brigadas al-Qassam, y por otra, la imposibilidad de reabsorber la plétora burocrática de las dos “Autoridades palestinas”. Hamás incluso da el título de “Estado de Palestina” a su administración de Gaza después de que Abbas proclamara simbólicamente tal “Estado” ante la ONU en noviembre de 2012.
En febrero de 2017, Yahya Sinwar toma el poder de Hamás en Gaza mientras Haniya se exilia para conducir la Oficina política, es decir, la representación en el extranjero del movimiento islamista. Sinwar es uno de los fundadores de la rama armada de los Hermanos Musulmanes en Gaza, que tenía en la mira a sus rivales nacionalistas incluso antes de que se establecieran las Brigadas al-Qassam. Entre 1988 y 2011 fue encarcelado en Israel hasta su liberación en el marco de un intercambio, aceptado por Netanyahu, entre más de mil detenidos palestinos y un militar israelí en manos de Hamás. Como hablaba fluidamente el hebreo, pasó gran parte de las dos décadas de prisión estudiando el aparato de seguridad israelí y escrutando sus fortalezas y debilidades.
Sinwar es el primer jefe de Hamás que concentra en sus manos la dirección política y militar del movimiento. En mayo de 2017, ratifica un programa que pretende un Estado palestino en los territorios ocupados por Israel desde hace cincuenta años. Sin embargo, solo se trataría de una cohabitación no reconocida, lo que para Hamás equivale a la evolución operada por la OLP desde 1974. Sinwar sigue rechazando cualquier negociación con Israel y se limita a dejar que Abbas lleve adelante las conversaciones y a aceptar las conclusiones por adelantado. La cláusula es puramente estilística, pues Netanyahu ha reducido desde hace tiempo los intercambios con la AP a una simple “cooperación en seguridad”, prioritariamente contra Hamás.
Sinwar es consciente del rencor que suscitan la arbitrariedad, la brutalidad y el nepotismo de Hamás en los habitantes de Gaza. Eso le inquieta aún más por el calendario electoral que facciones independientes, tanto de Fatah como de Hamás, han logrado imponerle. Se prevé que dos meses después del escrutinio legislativo de mayo de 2021 se realice la elección presidencial, para la que Hamás no presentará candidato. Pero Abbas, que se había comprometido a no postularse nuevamente, se alegra por tal situación y suspende el proceso completo de elecciones en abril del mismo año. Estados Unidos y la Unión Europea, en lugar de condenar ese ataque a la democracia, sienten alivio por haber evitado una eventual victoria islamista en Cisjordania. Poco les importa la evidencia de que la población de Gaza esté lista para derrotar al gobierno de Hamás en las urnas.
Es que el mundo entero se ha acostumbrado a considerar a la Franja de Gaza solo a través del prisma del bloqueo, con la idea de acondicionarla de manera más o menos “humanitaria”. Son pocos los que todavía critican, por una parte, la asimilación israelí en la población de Gaza, y por otra, el aparato de Hamás. Por más que Netanyahu haya perdido el gobierno israelí en junio de 2021, luego de haberlo ejercido por más de doce años seguidos, vuelve al poder en diciembre de 2022, determinado a no soltarlo, aunque más no sea para salvarse del triple juicio por corrupción, fraude y abuso de poder existente en su contra. Absorbido por tales cálculos políticos, el primer ministro está convencido de que ha logrado dominar Hamás, facilitando el financiamiento continuo de parte de Qatar y otorgando miles de permisos a los habitantes de Gaza para trabajar en Israel.
Sinwar se congratula por haber adormecido la vigilancia del “enemigo sionista”. Ordena a las Brigadas al-Qassam que permanezcan con las armas bajas cuando la aviación israelí ataca a sus aliados de la Yihad islámica. Envenena los servicios de información del adversario difundiendo organigramas ficticios de sus propias estructuras. Es que está supervisando la planificación secreta de una penetración del territorio israelí por diversas brechas y de manera simultánea para secuestrar algunas decenas de rehenes. Él, que fue liberado en 2011 en el marco de un intercambio de rehenes de uno por mil, está persuadido de que podrá obtener de esa manera la liberación de unos cinco mil palestinos detenidos en las prisiones de Israel. Quiere liberar a sus camaradas de Hamás, pero también a Marwan Barghouti, la personalidad más popular de Fatah, y a Ahmed Saadat, el jefe del FPLP, detenidos desde 2002 y 2006 respectivamente. Su ambición es imponer de una vez por todas a Hamás como cabeza del nacionalismo palestino, en reemplazo de la OLP, que estaría en deuda con sus rivales islamistas por la liberación de dos jefes emblemáticos.
Los ataques que lanzaron las Brigadas al-Qassam la madrugada del 7 de octubre de 2023 se convirtieron rápidamente en una espeluznante carnicería. 378 personas son masacradas en el sitio de un festival de música al aire libre. Los kibutz fronterizos son el blanco de crueles asesinatos y violencias de todo tipo que los verdugos filman en directo y difunden por las redes sociales. La irrupción de la Liga de Gaza, estimulada por los milicianos, lleva a una nueva escalada de horror. Hamás y las facciones cómplices de esos abusos llevan a 251 rehenes a Gaza, superando claramente el objetivo asignado por Sinwar. Pero tal baño de sangre, con más de 1.200 muertos, asesta un terrible golpe a la causa palestina, y la asimila definitivamente a las peores formas de un terrorismo del que le había costado tanto tiempo emanciparse.
Las Brigadas al-Qassam, lejos de organizar la protección de la población gazatí ante las inevitables represalias israelíes, se precipitan a los túneles donde han acumulado reservas de agua, alimentos, combustible y municiones. Solo recuperan su espíritu combativo cuando se produce la invasión de Gaza, el 27 de octubre de 2023, poniendo en escena la guerrilla urbana para enardecer a sus seguidores. Pero el intercambio de prisioneros, que permite una tregua de una semana a fines de noviembre, no satisface las expectativas de Sinwar. Se trata, en efecto, de una proporción de uno a tres que permite la liberación de 80 rehenes israelíes (y 25 extranjeros) a cambio de 240 prisioneros palestinos, cifra sensiblemente inferior a la de los palestinos capturados por el ejército israelí durante las semanas previas. Y las hostilidades se renuevan con una intensidad feroz, especialmente en Jan Yunis.
La incapacidad de la comunidad internacional, y sobre todo de Estados Unidos, para lograr un simple cese del fuego compromete el futuro de la propia Franja de Gaza. En cuanto a Netanyahu, se limita a martillar con su exigencia de una “victoria total” contra Hamás, mientras excluye el restablecimiento de la AP en Gaza porque teme que la restauración de los lazos con Cisjordania relance la dinámica de la solución de dos Estados. Una vez que el gobierno israelí ha asestado sus consignas, se muestra incapaz de articular una visión clara del “día después” en Gaza. Se encuentra tironeado entre los militares que consideran haber alcanzado hace ya tiempo sus objetivos y los supremacistas que predican con vehemencia la recolonización del enclave. Un escenario de pesadilla para el Estado Mayor de Israel.
Visto desde la perspectiva de Gaza en este 2 de enero de 2025, el impasse en el que se encuentra el conflicto solo beneficia a Hamás. Los daños en la Franja de Gaza han diezmado literalmente la clase media, así como los ámbitos intelectuales, artísticos y universitarios que –puedo atestiguarlo– fomentaron a lo largo del tiempo una distancia crítica, incluso un desacuerdo multiforme con el dominio de Hamás. La alternativa de la sociedad civil al poder islamista simplemente desapareció en el mar de campamentos de desplazados. La supervivencia del día a día reforzó la dependencia de los hogares de sus clanes de referencia, pero cada uno de estos actúa según sus intereses localizados y demuestra ser incapaz de aliarse a otros clanes para constituir un verdadero contrapeso ante Hamás.
Las banderas verdes de la “Resistencia islámica”, antes omnipresentes, han desaparecido del paisaje de Gaza, y Hamás tolera unas pocas banderas amarillas de Fatah, un poco más numerosas en este día del aniversario de la “Revolución palestina” de 1965. Las personas que pasan frente a tiendas o puestos de venta sobre los que flamea un estandarte amarillo ironizan sobre el hecho de que sus propietarios creen protegerse así de los ataques israelíes. Un grafiti a la orilla del mar dice que “la Autoridad Palestina es una banda de espías”. En cuanto a los partidarios declarados de Fatah, aclaran que su lealtad no es con Abbas, sino con Dahlan. El exjefe de policía de Gaza, sospechoso de haber intrigado contra el presidente palestino, efectivamente, había sido excluido de Fatah en 2011, pero respondió reivindicando su pertenencia a una Fatah de “Reforma democrática” para legitimar su propia disidencia.
Hamás logra así enfrentar a ambos Fatah entre ellos, el de Dahlan y el de Abbas. Además, los islamistas aceptan que Dahlan opere desde Emiratos Árabes Unidos –lo que hace desde unos doce años– , donde es cercano al jefe de Estado, el jeque Mohamed Bin Zayed, paradójicamente gran detractor de los Hermanos Musulmanes. Solo le prohíben a Dahlan regresar a su enclave natal, pero permiten que su esposa organice en Gaza bodas colectivas para parejas necesitadas. Más tarde, el matrimonio Dahlan diversifica sus obras generosas, desde becas universitarias hasta fecundaciones in vitro. En 2017, Dahlan pudo enviar a Gaza a su brazo derecho, Samir Masharawi, expulsado de Gaza como él diez años antes, para dirigir esas actividades benéficas de manera más política. Pero Masharawi permaneció en El Cairo durante este conflicto, dejando en su lugar a Osama al-Fara, un exalcalde de Jan Yunis.
En cuanto a la AP del presidente Abbas, continúa destinando una parte de la ayuda internacional al pago errático de salarios de alrededor de 25.000 funcionarios en la Franja de Gaza, cifra que vale comparar con la de los 35.000 empleados de la administración de Hamás. La AP prohíbe a los agentes que remunera trabajar para sus rivales islamistas, salvo en el campo de la salud y de la educación, que se consideran de interés nacional. La existencia de ambas burocracias paralelas, una activa y otra en situación de inutilidad técnica, es motivo de disputas permanentes. En efecto, cada uno de esos movimientos se niega a despedir a empleados porque a través de las familias ampliadas se mantienen cientos de miles de lealtades. Además, Hamás siempre se niega a desarmar las Brigadas al-Qassam.
Los actores de uno y otro Fatah que residen en el exterior pesan relativamente poco ante el aparato, incluso residual, de Hamás. Ciertamente, el movimiento completo fue descabezado cuando Israel eliminó a Haniya en Teherán, en julio de 2024, y en octubre a Sinwar, en Rafah. En cuanto a las Brigadas al-Qassam, con un número estimado entre 25.000 y 30.000 combatientes en octubre de 2023, sufrieron pérdidas considerables. Pero la cifra de 17.000 muertos con la que insiste la propaganda israelí no tiene sentido. Es que para Netanyahu solo se trata de probar que la “victoria total” está al alcance de la mano con la eliminación física de miles de milicianos islamistas. Por otra parte, ese número permite afirmar que los “terroristas” representarían un tercio de las víctimas de Gaza, es decir, una proporción “razonable” e incluso “humanitaria” de dos tercios de muertos civiles.
De hecho, la compilación de las propias fuentes israelíes llega a un balance de unos 8.500 “militantes” abatidos. Pero tal cifra incluye a combatientes de otras facciones, en primer lugar, los de la Yihad islámica y del FPLP. Y eso sin contar los nuevos reclutados que la sed de venganza atrae masivamente a las Brigadas al-Qasssam. Por otra parte, el concepto que Israel tiene de los “terroristas” de Hamás es amplio e incluye a dirigentes políticos, empleados administrativos y policiales. En este 2 de enero de 2025, me pregunto cuál será la clasificación reservada al agente de tránsito que veo en una esquina de Jan Yunis, tratando desesperadamente de liberar el paso en un embotellamiento. ¿Israel lo considera “terrorista” simplemente porque lleva puesto el uniforme azul oscuro de la “policía palestina”, con el águila de alas desplegadas de su escudo nacional? Su arma no es más que un silbato, que por cierto maneja con brío.
La pregunta no es solo teórica, porque en las primeras horas del 2 de enero de 2025, un ataque aéreo sobre el campo de tiendas de campaña de Al-Mawasi mata a Mahmoud Salah, jefe de policía de Gaza desde hace seis años, así como a su adjunto, Hussam Chahwan. El incendio de una decena de tiendas ofrece imágenes tan chocantes como las del ataque de la noche del 22 de diciembre de 2024 en la “zona humanitaria”. En ese bombardeo mueren doce personas, entre las que se cuentan tres niños y dos mujeres. No obstante, el ejército israelí pretende haber acondicionado su ataque para “limitar los daños infligidos a civiles, utilizando incluso proyectiles de precisión, observaciones aéreas y otras informaciones recopiladas”. Afirma que Chahwan había “interrogado de manera violenta a habitantes de Gaza, violando los derechos humanos y persiguiendo a disidentes”.
El Ministerio del Interior de Gaza acusa a Israel de “sembrar el caos” al atacar a los dirigentes de la Policía local. Poco después, alrededor del mediodía, un misil cae en la sede de ese mismo organismo, que funciona en la alcaldía de Jan Yunis. La nube de humo y polvo se ve desde kilómetros a la redonda. El ejército israelí declara haber alcanzado un “centro de comando y de control” de Hamás, una declaración que repite regularmente para justificar sus ataques contra instituciones civiles, incluidos los hospitales. De todos modos, no es capaz de nombrar a ninguna de las seis personas asesinadas. El balance de ese día feriado se eleva al menos a 68 muertos, pues hubo otros cuatro ataques. Se trata de un alza considerable con respecto al promedio diario de 38 asesinatos en el mes de diciembre.
Los militares israelíes habían preparado el terreno para ese golpe en Jan Yunis lanzando, durante los días previos, volantes que instaban a “los nobles habitantes de Jan Yunis” a “arrojar a Hamás al olvido de la Historia” y a “recurrir a los servicios de inteligencia israelíes”, con datos de contacto de WhatsApp, Facebook y Telegram. Es dudoso que ese tipo de propaganda motive gran entusiasmo. En todo caso, me resulta fácil apreciar la atracción que suscita Hamás entre los jóvenes. Dos adolescentes de unos doce años me interpelan en un puesto del mercado. Reivindican su “amor” por Hamás y se burlan de sus otros dos amigos “blandos” que prefieren, según ellos, uno a Fatah y el otro al FPLP. Están delgados y enardecidos, me desafían con la mirada, buscando en mí a un enemigo a quien atacar.
Hace sesenta años comenzaba la “revolución palestina”.
Traducción: Estela Consigli
22/06/2026