Adelanto
Ronda. Raúl Ruiz lector del cineRonda. Raúl Ruiz lector del cine. Capítulo 13. Aburrimiento
"Pascal nos advertirá en uno de los pasajes de sus Pensamientos [...] que todos los males del hombre provienen de su incapacidad de permanecer en reposo en su cuarto, yacer tranquilo ahí, tan siquiera el tiempo de una hora”. “El remedio contra esta afección [...] no está muy lejos de lo que hoy los expertos en entretenimientos pretenden ofrecer como la más apropiada para los trabajadores que padecen de surmenage: distraer la distracción con ayuda de distracciones, servirse del veneno para curar".
“Hollywood pretende que una cinta tiene éxito cuando el espectador se identifica con el protagonista que conduce la acción”. Reconocimiento que presupone, se ha descrito más arriba, que los espectadores han sido predispuestos para reconocer y reconocerse automáticamente en la trama que se les proyecta. A través de ese espectador pre-dispuesto por el dispositivo entertainment, el cine narrativo industrial se mira, se reconoce y corrobora a sí mismo empalmando receptores y proyección. Es así que, “entre la acción cotidiana en cada caso, y la performatividad cinematográfica-telemedial, se crean lazos de intercambiabilidad, compenetración, empatía e identificación. Las fronteras entre esos estratos tienden a esfumarse”. En la medida en que la actividad cotidiana y las pantallas van siendo copartícipes del mismo paradigma, “no se tratará ya solamente de nuestra complicidad con tal o cual suceso del mundo audiovisual, sino del complot formal de cada uno de nuestros «yo» con los múltiples «ellos» modelados en las pantallas abiertas”. Se podría hablar del entertainment, entonces, “como de un espacio social totalitario por excelencia”, de una coincidencia asintótica entre él y la cotidianeidad. Redundando consigo mismo a través del espectador, el entertainment se abastecería y aseguraría a sí mismo capitalizando cualquier fuerza o afecto inequivalente que pudiera interrumpirlo. Una de tales fuerzas-afectos sería el “aburrimiento”. El entertainment resulta exitoso en la misma medida en que asegure la captura continua de la atención de sus usuarios, nivelándose con ellos siempre, de modo que éstos se encuentren en el entertainment sin que les sea posible encontrarse con él, descubrirlo. Su actividad usuaria no refiere solo a un circuito particular de consumo de entretención cinematográfica, o de otro tipo análoga, que ocupa dos o más horas de esparcimiento y vacación en la vida de algunos millones de espectadores. Refiere también a una performática que ha de llenar continuamente, sin fisura, el tiempo desde la mañana a la noche, desde el nacimiento a la muerte, haciéndose una con las poblaciones vivientes, invisibilizándose como predisposición de la disposición. Predisposición que, sin comparecer ella como fenómeno a la mano, posibilita la fenomenalidad de lo entertainment a la mano.
Un sincronismo tal entre la teoría del conflicto central, la narratividad industrial, el sistema político dominante y la vida corriente de todos los días, no deja de ser un caso extraño, sugiere Ruiz. Pero más extraña resulta, lo apuntábamos, “su aceptación por la mayor parte de los países del mundo”, convertidos a ese juego con alto rango de docilidad para adoptar el punto de vista del entertainment, según la eventualidad. Muchos, cada vez más, entonces, operando empáticamente en el entertainment expandido, usuarios de su interfaz, más eficiente mientras más invisible.
Sería el propio entertainment, sin embargo, el que en su rodar y rodar, generaría un principio de distanciamiento que lo interrumpe haciéndolo disfuncionar. Tal principio, se anunciaba: “el aburrimiento”. No obstante, en una primera pasada por las descripciones de Ruiz, el aburrimiento, en vez de comparecer como fuerza interruptiva del entertainment, comparece como una pieza clave de su desempeño y fomento. A primera vista, entonces, antes de observar en tales descripciones un choque antagónico entre sustancias que se repelen, lo que observamos sería, más bien, la copertenencia de entertainment y aburrimiento.
Se nos dice “que nuestro papel consiste en llenar dos horas en la vida de algunos millones de espectadores y en asegurarnos de que no van a aburrirse”. De este modo, las dos horas que el espectador tiene a bien conceder a la película para que lo entretenga, deberían reafirmar el pacto de entretención justo allí en donde el aburrimiento amenaza disolverlo, convirtiendo tal amenaza en deseo y búsqueda de más entretenimiento. Así, las películas que “no aburren [...] nos proponen embarcarnos en un viaje en el que [...] nos sometemos a las diferentes etapas del conflicto en el cual el héroe es a la vez guardián y cautivo. Al final, somos puestos en libertad, entregados a nosotros mismos [...] y sin otra idea en la cabeza que la de embarcarnos lo antes posible en otro crucero”.
Podemos ficcionar, entonces, que la fuerza de aburrimiento ad portas de aflorar siempre, por cualquier recuadro del entertainment, en cualquier zona del esquema horario del día, la semana, el año, empujaría a como dé lugar la saturación del entertainment en que tal fuerza se fragua y acomete. Por cualquier coyuntura del entertainment aflora el aburrimiento, en las horas de espera en un terminal de viaje en las que la red causal de actividades que cotidianamente entretienen el cuerpo y el ánimo empieza a desencabalgarse y el tiempo “muerto” rompe a gotear por los empalmes, y la acción, la intencionalidad, el terminal de viaje, sus muebles, los pasillos, luces y los baños, las cafeterías y tiendas, usuarios incorporados, se va revelando como naturaleza muerta sub specie aeternitatis.
Las dos horas de entretención en y por el cine de conflicto central serían metonímicas de la subsunción a tiempo completo bajo el entertainment de cualquier institución. El conflicto central como su metafísica, sería un dispositivo eficiente de gobierno de la temporalidad, de la patética temporal de los cuerpos y poblaciones, en el sentido de su entretención permanente.
En medio del dispositivo entertainment cualquiera ve televisión hasta aburrirse. Cambia, entonces, de entretención. Al poco tiempo ésta termina por aburrirlo también, y cambia de nuevo. De pronto es el cambio de entretención, y la entretención misma, la que hartan. En vez de acabar con el aburrimiento, lo multiplica y beneficia. La entretención se volvió aburrimiento; la cura, veneno. El tedio, la tristitia, de ser un estado anímico en el entertainment, se ha vuelto su condición ontológica. El entertainment mismo con sus finalidades, causas y sentidos conducentes, acontece como aburrimiento: “el monje está en su celda y se siente invadir por el aburrimiento: oye pasos, pero permanece escéptico, como que sabe que no hay nadie a su alrededor. Sin embargo, alguien llega y, aunque el monje sepa que esta aparición es un artificio, él la acepta como tal. La aparición le propone salir de su celda, lo que el monje acepta. Es transportado a países lejanos en donde mucho le agradaría quedarse, pero ya es hora de volver a casa. De vuelta en su celda, el monje tiene la sorpresa de descubrir que este viaje no ha hecho sino empeorar las cosas: se aburre todavía más presa de un tedio de pesadez ontológica. En adelante, toda incursión fuera de su celda, toda aparición de su amigo virtual, agravarán la melancolía del monje. Sigue éste sin dar crédito a esas apariciones, pero su incredulidad se ha vuelto contagiosa. Pronto la celda misma, los otros monjes y hasta la comunicación con Dios, se volverán ilusión. Su mundo ha sido vaciado por la entretención.
La canción terminó. El disco sigue girando y el tac tac de la aguja desplaza la atención inmediata hacia el fenómeno de “escuchar música” y de la “entretención”. El usuario gira el disco y se interna en el otro lado, y nuevamente el tac tac que demanda otro, y así, hasta que cualquier cambio de canción, de actividad, cualquier entretención, se vuelve un tac tac tac que hastía. La entretención suelta su pócima que solo otra entretención podría aliviar. Pero es la lógica misma del alivio la que se ha consumado disfuncionando en cualquiera de sus fenómenos. Desazón del usuario no solo ante las actividades en la institución, en el mundo, sino también desazón respecto del mundo, de la institución, sobrevenidos tac tac. En vez de ser en el mundo y ver a través del mundo que constituye los ojos con los que se ve y nos relacionamos y reconocemos las cosas del mundo, se deriva en una cosa sin mundo, que sin mundo y sin entertainment se encuentra ya no en el mundo, sino con el mundo. El aburrimiento ha dejado de ser un estado anímico del sujeto que se descalabra como cosa desmundanada. La escritura se vuelve un puro trance a contrapelo en el cero del mundo. Y si Ruiz propone esta llana “defensa del aburrimiento”, es justamente porque las películas que le interesan —dice— “provocan a veces algo parecido. Digamos que poseen una elevada calidad de aburrimiento. Aquellos de ustedes que han visto películas de Snow, Ozu o Tarkovski, saben de qué estoy hablando. Otro tanto puede decirse de Warhol o de Straub”.
“Elevada calidad de aburrimiento”, otra escala de “aburrimiento”, aburrimiento de «segundo grado», que no se inscribe, no sucede simplemente en el entertainment, por inmanente que le sea. Le acontece al entertainment. Escala más decisiva ésta del aburrimiento de «segundo grado» propio o más propio de la escritura fílmica de Ruiz. Aburrimiento que esa escritura a contrapelo, al describir, escribe, no siendo, por lo mismo, simplemente anterior a ella.
Aburrimiento que es endosable a cualquier escritura cinematográfica que no performa en la mera redundancia y abastecimiento del entertainment-capital, y que más bien lo desiste al repetirlo, introyectándole un suplemento inequivalente. Exponiendo en su performance al dispositivo entertainment, exiliándose de él, repitiéndolo, pero en su grado cero. En un exilio de “exote”, diría Ruiz, que sin mundo merodea entre-mundos, en una zona twilight, pura inminencia en que te cruzas, te contagias de mucho sin pertenecer a nada; pudiendo mirar desde cualquiera a través de varios, aproximándote sin arribo, despertando en cada coyuntura a la virtualidad o la efectividad del propio cautiverio, sin establecerse en ninguna.
22/06/2026