Adelanto
La nueva internacional fascistaUgo Palheta, Inventar al enemigo
Las ideas nacionalistas no tienen una potencia intrínseca; para prosperar necesitan condiciones específicas. Excluyendo situaciones de ocupación militar, dominación colonial, amenazas bélicas o territorios muy disputados, la aspiración nacionalista tiene pocas oportunidades de hallar un amplio eco en la población. Es frente a un país hostil u opresivo, y especialmente frente a un invasor, cuando el llamado a unificar y movilizar a las fuerzas del país para liberar a la nación puede ser escuchado a gran escala. La construcción de un enemigo, real o imaginario, resulta por lo tanto esencial en la transmutación del nacionalismo en fuerza social, material; dicho de otro modo, resulta crucial para lograr que la ideología del renacimiento nacional pase de la idea a los afectos, se apodere de la población y, al hacerlo, llegue a suscitar una extensa adhesión, e incluso movilizaciones colectivas.
En caso de dominación o invasión extranjera, el proceso de construcción de la figura del enemigo no requiere mayores esfuerzos. Cuanto más violenta sea esta dominación, en otras palabras, cuanto más genere expoliaciones materiales y humillaciones cotidianas, más fácil será hacer de la liberación nacional una causa popular (en el doble sentido del término), sin que eso vuelva automática –ni mucho menos– la lucha efectiva contra el ocupante o el opresor, ya que organizar la resistencia en un plano político-militar es otro asunto.
El fascismo histórico explotó por supuesto esa fibra de la dominación extranjera: en Italia, alegando que el sacrificio de los soldados italianos durante la Primera Guerra Mundial no había sido recompensado en su justa medida por las potencias inglesa y francesa (este es el tema de la “victoria mutilada”, caro a d’Annunzio y retomado por Mussolini), o, en Alemania, al denunciar el tratado de Versalles, la ocupación de la Ruhr entre 1923 y 1925 por parte de los ejércitos franco-belgas, o las reparaciones que los alemanes tenían que pagar a Francia. Se apoyaron también en las reivindicaciones irredentistas, que querían anexar territorios considerados nacionales: Trieste o Fiume en el caso de Italia; Austria o los Sudetes en el caso del pangermanismo (cuyo legado retomó el nazismo). El neofascismo no es ciertamente ajeno a este tipo de estrategias, que invocan la amenaza extranjera, ni carece de voluntad expansionista en muchos casos. Pensemos en el papel que juega Cachemira para el nacionalismo hindú o Ucrania para el chauvinismo gran-ruso, por no hablar de Cisjordania, del Líbano y de amplias zonas de Siria para la extrema derecha sionista en Israel, o también las declaraciones de Trump respecto a Groenlandia o Canadá.
Pero una de las particularidades de los fascistas –de ayer y hoy– es destacarse en el arte de inventar enemigos tan amenazantes como despreciables, inaprensibles y a la vez omnipresentes. Para dar solo algunos ejemplos recientes en diferentes países, hemos visto a las extremas derechas asegurar que los blancos sufrirían –o estarían por sufrir– un “genocidio” y/o un “apartheid invertido”; afirmar que Europa estaría amenazada por una “islamización”; denunciar el “love jihad” que practicarían en la India los musulmanes con el fin de convertir a jóvenes mujeres hindúes y garantizar así su dominio demográfico; acusar a los musulmanes y/o a los judíos de barbarie hacia los animales a causa de prácticas de matanza ritual; afirmar que las sociedades occidentales estarían en proceso de “feminización” y de “desvirilización” como consecuencia de un “neofeminismo” que aspira a la dominación de los hombres por parte de las mujeres; hacer de Obama un “socialista” que quiere transformar de modo radical las estructuras económicas y sociales de Estados Unidos; pretender que los demócratas norteamericanos estarían en el centro de una vasta red de prostitución infantil o también que los inmigrantes puertorriqueños se comerían a los animales domésticos de los norteamericanos; proclamar, como lo hizo un ministro de Bolsonaro en Brasil, que el calentamiento global sería un “complot marxista”; o bien asegurar que las naciones serían aplastadas bajo el yugo del “marxismo cultural”.
Todos esos discursos operan impulsados por la diabolización, es decir, conjuntamente el miedo y el odio hacia grupos de esta manera deshumanizados y erigidos no en simples competidores (para los inmigrantes) o adversarios (para las fuerzas de izquierda) sino en principales enemigos. Decir como Trump que “los inmigrantes envenenan la sangre de nuestro país” casi no deja dudas respecto al trato que se les quiere dar. No basta con refutarlos en el terreno de los hechos, ya que su fuerza, evidentemente, no proviene de su potencia descriptiva o explicativa (prácticamente nula). Para las extremas derechas, se trata de movilizar afectos con el propósito de legitimar una política de afirmación que no es fundamentalmente nacionalista, sino racista y masculinista, una contrarrevolución neocolonial, racial y heteropatriarcal. Agitar el espectro de una dominación sufrida por la mayoría y ejercida por poderosos enemigos aliados –antes, la hidra “judeo-bolchevique” o el complot “judeo-masón”, en la actualidad, la “infiltración islamo-izquierdista”, la ofensiva del “marxismo cultural” o la “tiranía wokista”– debe permitir que el (neo)fascismo llegue a ser una solución. Como afirmaba en 1976 François Duprat, uno de los más importantes estrategas del neofascismo de posguerra (y durante un tiempo número dos del Frente Nacional en Francia): “Cualquiera que piense que nuestra nación está colonizada aceptará tarde o temprano nuestros métodos de acción con miras a su liberación”. Lo que equivale a decir que el neofascismo no necesita de una amenaza revolucionaria real para erigirse como el baluarte del orden social: puede construir su relato trazando conspiraciones imaginarias, fantaseando con invasiones e inventando de cualquier fantasía dominaciones.
En este proceso, los neofascistas generalmente se benefician de la complicidad objetiva de usinas e ideólogos que, no habiendo surgido de los círculos de extrema derecha, ofrecen una legitimidad pública –mediática y política– a sus obsesiones. Piénsese en la asombrosa cacería que se desplegó estos últimos años en Francia contra el “islamo-izquierdismo”, en la que uno de los principales actores fue Printemps républicain [Primavera Republicana], un grupo surgido esencialmente de una facción derechizada del Partido Socialista. En el caso de la xenofobia antimigrantes, resulta evidente que, en casi todos los países occidentales, las fuerzas de la derecha pero también del centro y de la centro izquierda, han desempeñado un papel fundamental en la construcción de la inmigración y de los inmigrantes como “problema” y “amenaza”. No sólo han llevado adelante –de manera casi indiscernible– políticas de restricción de los flujos migratorios, también las han justificado mediante discursos extraídos de cabo a rabo de las retóricas de extrema derecha que vinculan la inmigración a la criminalidad, al desempleo y al terrorismo, e incluso en ocasiones al antisemitismo y a las violencias contra las mujeres.
Como el fascismo, que enraizó en un baño cultural que compartía con otras corrientes (marcado por el “darwinismo social”, el antisemitismo, la antropología racial, etc.), el neofascismo extrae ideas de un fondo que lo sobrepasa ampliamente. Sólo tomemos el ejemplo del racismo –en sus diversas variantes: antisemitismo, negrofobia, rromofobia, islamofobia, etc.– que excede por mucho a las extremas derechas; impregna todas las esferas de la sociedad, todas las instituciones y todos los partidos, de diferentes maneras y con una intensidad desigual. Las fuerzas políticas dominantes elaboran diferentes variedades de racismo, que no son necesariamente extraídas de la extrema derecha pero que esta última puede adoptar como propias o integrar a su aparato ideológico con una finalidad de normalización. Sin embargo, la especificidad de los neofascistas es que elaboran una variedad particularmente brutal del racismo, debido a que procede de una visión conspiracionista y catastrofista de las minorías (siempre vistas desde el doble ángulo del “complot del extranjero” y de la “destrucción” de la comunidad nacional), pero también porque su proyecto se edifica en gran medida alrededor de ese eje.
Aunque presenten diferencias según los contextos nacionales, las organizaciones e ideólogos neofascistas tienen enemigos comunes, y todos ellos contribuirían a la decadencia de las naciones y los pueblos: las minorías nacionales, etnorraciales y religiosas (y en términos más generales, toda mixidad etnorracial y religiosa, alterando aquello que constituiría el sustrato identitario de la nación o de la civilización), los habitantes de los barrios pobres (entre los cuales suelen estar sobrerrepresentados los inmigrantes, descendientes de inmigrantes y minorías), los movimientos feministas y LGBTQI+ (ya que cuestionan los fundamentos heteropatriarcales de la nación, y en consecuencia su perennidad), y desde luego el movimiento obrero, en particular los sindicatos y los comunistas (a causa de su internacionalismo y debido a que la lucha de clases fracturaría a la nación).
Es preciso abordar de manera particular el caso de las élites (sobre todo las liberales), a las que los neofascistas presentan como enemigas; esto constituye un motivo cómodo –para algunos comentaristas liberales superficiales– para equiparar las extremas derechas con la izquierda, y en particular con la izquierda radical. Pero si los fascistas critican a las élites es por cuatro razones de las cuales sólo la primera puede, en ocasiones, encontrarse también en la izquierda: ellas estarían corrompidas financieramente, serían decadentes moralmente, incapaces de actuar de manera decidida contra los enemigos de la nación, pero sobre todo serían cómplices de la invasión extranjera abriendo de par en par las puertas al “mundialismo de abajo” (los inmigrantes, musulmanes, etc.) y al “mundialismo de arriba” (el mundo de las finanzas), para hablar como Marine Le Pen. Lo que se les reprocha, entonces, no es dominar o explotar (tanto los fascistas como los neofascistas no tienen esencialmente nada que objetar al respecto), sino dominar en beneficio del extranjero, y, por tal motivo, no constituir élites auténticas, vale decir, auténticamente nacionales, sino también mostrarse débiles e impotentes, prefiriendo los “bellos discursos” por sobre la acción determinada. De aquí proviene el llamado a conformar nuevas élites, ya no cosmopolitas, sino enraizadas, ya no afeminadas, sino viriles, y así, las únicas capaces de impulsar una “reorganización nacional”.
Traducción Cristóbal Thayer
22/06/2026