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Mónica B. Cragnolini, Presentación de Un virus demasiado humano, de Jean-Luc Nancy, 16/12/2020

Mónica B. Cragnolini, Presentación de Un virus demasiado humano, de Jean-Luc Nancy, 16/12/2020

Presentación de Un virus demasiado humano, de Jean-Luc Nancy, 16/12/2020
Mónica B. Cragnolini

Ante todo, muchas gracias por ese don constante de su escritura, y la posibilidad que da al pensamiento en torno a lo que nos acontece. Sus textos han sido compañeros constantes en la enseñanza y en el pensar. Mi reflexión sobre Un virus demasiado humano irá acompañada por algunas remisiones a sus otros textos, entonces aprovecharé también esta ocasión para plantear cuestiones presentes en otros momentos de su obra, en relación ahora a la pandemia.

En Un virus demasiado humano, Ud. señala que nada es novedoso en esta crisis (p. 56), y que lo nuevo es el miedo. Las pandemias derivadas del modo en que tratamos al planeta vienen siendo anunciadas en la última década: virólogos[1] y comunicadores[2] han patentizado que los agronegocios y los modos de crianza intensiva de animales generan zoonosis (como la Covid-19) provocadas por los saltos virales interespecies, y producen una cadena de destrucción del planeta que abarca los desmontes para generar tierra en la que plantar soja para alimento de los animales que serán consumidos, la erosión de los suelos por los monocultivos, el uso de agrotóxicos, la destrucción de trabajos locales, la contaminación de la atmósfera, etc. Todo ello por la necesidad de consumo de un mundo que ahora es “neoviral” y cuyo “miedo” es el virus, y no las razones que generan las condiciones de desarrollo de los virus. Por ese miedo al virus, la “vacuna” aparece ahora como la gran salvadora: es la que permitirá “olvidar” lo acontecido, y seguir en esta maquinaria de consumo, destrucción y utilización del planeta todo a nuestro servicio. En los primeros meses de la pandemia advertimos el error de la vida “en la normalidad” que llevábamos, y planteamos la necesidad de cuestionar esa supuesta normalidad, pero ahora el mundo todo parece encaminado a desear el “retorno” a las condiciones de vida que son, en definitiva, las que han producido la pandemia. Hemos sentido “tambalearse la autosuficiencia” (p. 61) pero no demasiado: ahora creemos que “venceremos” a la pandemia, solamente para reiniciar esta carrera enloquecida del tipo de vida que llevamos, y que producirá la próxima pandemia. En nuestro país, Argentina, hemos tenido un aislamiento social obligatorio de más de ocho meses, pero ya se está hablando del establecimiento de megagranjas para producir carne de cerdo para China. No hemos aprendido nada, y mucho menos hemos advertido que el virus es “demasiado humano”, y que surge de nuestras formas de vida “demasiado humanas”.

Mi pregunta apunta, entonces, a las formas de vida y a la comunidad. En la entrevista con Nicolás Dutent que aparece en los anexos del libro, Ud. señala que “el mundo no tiene piel (…) sino que su piel está hecha de las relaciones de todas las nuestras. De todas sus distancias, proximidades, contactos, heridas, caricias” (p. 73). En Así habló Zarathustra, Nietzsche afirma que la tierra es una piel con muchas enfermedades, y una de ellas se llama hombre. Más allá de las diferencias, creo que en ambos casos se está señalando algo similar: la cuestión de la expeausition (Corpus, pp.31 ss), con ese lugar de la piel expuesta, que no supone, desde mi punto de vista, solamente a los existentes humanos, sino a todos los cuerpos (humanos y no humanos) que se aproximan y distancian en el con-tacto. Es cierto que Ud. le indica a Derrida en uno de sus diálogos[3] que “Jacques se ocupa de los animales (…) entonces déjame a los hombres”. Sin embargo, la pandemia nos evidencia que lo que nos acontece se vincula no sólo con nuestro modo de “estar con y entre” otros humanos, sino sobre todo con nuestro modo de estar con y entre (y sobre todo, contra) las vidas no humanas. Con esas vidas no humanas hay más heridas que caricias, más maltrato que cuidado. Si el virus es demasiado humano porque nuestros modos de vida en tanto humanos han contribuido a su desarrollo (la producción de zoonosis por los agronegocios) y su expansión (los viajes internacionales):¿no será necesario asumir nuestro mismo modo de ser humanos como esa enfermedad de la piel de la tierra de la que habla Nietzsche? ¿No será necesario pensar “la comunidad que somos” teniendo en cuenta ese con-tacto, ese “tocar sin tocar” la piel de las formas de vida no humanas?

En el libro se señala que “evitar los virus no define el bien de una vida, ni individual ni colectiva” (p. 63), sin embargo, tal vez sea necesario pensar en cómo llegamos a esta situación que ahora nos conmina a evitar lo que nosotros hemos producido. Y para pensar esto, creo que ya no nos podemos ocupar solamente de los humanos, porque justamente “ser humano” ha significado, para buena parte de la metafísica occidental, “estar contra” las formas de vida no humanas. Si hay un sentido para una “vida buena” en el futuro, ¿esa vida buena puede ser pensable solamente en términos de lo humano? ¿No debería tener en cuenta (no como recurso, sino en el modo de ser-con) a las otras formas de vida con las que estamos en relación, proximidad, distancia, caricia y herida? La comunidad (de lo) viviente que somos: ¿no nos exigirá, en definitiva, “dejar de ser humanos”?

 

[1] Entre otros, Robert Wallace, Big Farm make Big Flu. Dispatches on Infectious Disease, Agribusiness, and the Nature of Science, New York: Monthly Review Press, 2016, Robert G. Wallace-Rodrick Wallace (eds.): Neoliberal Ebola Modeling Disease Emergence from Finance to Forest and Farm, Basilea, Springer, 2016,

[2] David Quammen, Spillover. Animal infections and the next human pandemic, WW Norton and Cia, Nueva York/Londres 2012.

[3] J. Derrida y J.-L. Nancy, “Responsabilité – Du sens à venir”, en: F. Guibal et J.-C. Martin (ed.), Sens en tous sens. Autour des travaux de Jean-Luc Nancy, París, Galilée, 2004, p. 199.

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